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EL LIDERAZGO QUE VIENE

Un ejército de ciervos dirigido por un león es mucho más temible que un ejército de leones mandado por un ciervo.

(Plutarco)

En 1989, Bruce Willis, detective caótico, pendejo y contestón, anárquico en su vida privada y esposo lamentable, fue capaz de cargarse al imperio japonés, representado por una torre ultra moderna construida en Los Ángeles, que simbolizaba el poder nipón. En el filme se tuvo que pelear solito con todo el mundo, y al final ganó. Además descalzo y con los pies llenos de cristales rotos. Un par de años antes, Tom Cruise liquidó a varios cazas rusos en una refriega en medio de ningún sitio, demostrando que a pesar de ser un rebotado, lleva el genio dentro. Silvester Stallone fue capaz de ganar la guerra contra la comunista Vietnam veinte años más tarde, rescatando a varios de sus compañeros a través de un épico periplo por la selva. Algo después, ya en la piel de Rocky, de nuevo impacta sobre el imperio soviético ganando al campeón ruso sobre la lona, después de aguantar trompadas hasta decir basta. Sean Connery, por su parte, enseña al novato Wesley Snipes las sutilezas de la cultura oriental en “Sol Naciente”, y al final los americanos dan de nuevo una lección de moral y tesón. Como la dio Michael Douglas en la película “Black Rain”, demostrando que la determinación occidental puede con todo. Incluso con la Yakuza japonesa.

Con frecuencia, las películas de Hollywood reflejan una psique colectiva, que muestra al mundo sus miedos y paranoias a través del celuloide, y que ejerce un poder notable de aleccionamiento, cuando no de adoctrinamiento, acerca de quiénes son los buenos y quiénes los malos. Siempre, claro está, desde los parámetros occidentales.

Si miramos lo que en realidad ocurría en aquella época vemos que, en 1989, Gorbachov certificó el final del gran enemigo de Estados Unidos, la Unión Soviética, simbolizado por la caída del muro de Berlín y por la posterior reunificación alemana. Se terminaba así, aparentemente, con tres décadas de espionajes cruzados y de peligro nuclear inminente. Ya Cruise y Stallone habían avisado.

Acabando la etapa soviética, Estados Unidos decide cambiar de enemigo, y pone a Japón en su lugar. Por aquel entonces, Toyota parecía crecer sin límites en América, y las exportaciones de productos japoneses invadían los mercados americanos y arruinaban la producción local. El deterioro de la gran industria automovilística de Detroit, donde los tres grandes perdían cuota de mercado día a día, propició que a los líderes de opinión les entrara el canguis.

Esto se veía reflejado de forma paralela en los mercados, mientras Japón se convertía en la segunda potencia económica del planeta adelantando a la antigua Unión Soviética, y con un ritmo de crecimiento superior al americano.

Sin embargo, los nipones se pasaron de frenada, y cometieron errores de bulto, centrados en la especulación inmobiliaria y mobiliaria, apoyados en un excesivo endeudamiento. El metro cuadrado se llegó a vender en Tokio a 1,5 millones de dólares. Casi nada.

La consecuencia fue una recesión que dura ya varias décadas, y de la cual tienen complicado salir.

Conjurado el peligro, se acabaron las pelis de japoneses.

Ahora, el enemigo es China. Asistimos en estos días al inicio de una guerra comercial que nadie entiende muy bien, pero creo que, como siempre, lo más importante pasa desapercibido, centrados como estamos en la dialéctica fácil y en el titular llamativo. De este modo, nadie ha notado cómo China ha puesto la primera piedra para terminar con el monopolio mundial del dólar, tal y como se cuenta aquí.

Bien, pues del mismo modo no ha habido mucho eco respecto de lo sucedido hace ahora tres años, el 28 de marzo de 2015, el Gobierno chino emite un documento que pretende revitalizar lo que ellos llaman la nueva Ruta de la Seda.

Un plan para desarrollar el comercio desde China hasta Europa, desde Rusia hasta la península de Indochina o hasta el sur de la India. Que tendrá una vía por tierra, basada en el ferrocarril, y otra por mar, que ellos denominan ruta de la seda marítima.

Los chinos han estudiado bien el tablero de juego. Vieron cómo a Japón se le dobló el brazo cuando intentó echar un pulso al coloso americano, y también asistieron a la caída del imperio ruso por la negación de la condición humana: la gente tiene que tener incentivos y ganar dinero. Los chinos, a su ritmo, han sacrificado a toda una generación para convertirse en la fábrica del planeta. Y ahora, logrado ello, quieren hacer varias cosas:

  1. Subir la apuesta, con productos de más calidad y precios competitivos.
  2. Desafiar al dólar. Quieren pagar su petróleo a Rusia, o a Irán, en yuanes, y no en petrodólares.
  3. Crear una clase media: Esta ha pasado de un 5% de la población a un casi 35% en apenas una generación (30 años).
  4. Que los demás los observen como aliados, y no como un peligro. Y aquí entra en juego el diseño de la mencionada Ruta de la Seda.

No son solo palabras. La inversión que China estima llevar a cabo en infraestructuras por toda Asia hasta Europa en esta nueva ruta comercial se estima en 1,4 billones de dólares. Por encima del PIB español de un año.

O sea, que los comunistas de toda la vida crean una especie de Plan Marshall chino, y lo venden al mundo como una apuesta decidida por el libre comercio, por el reparto de la riqueza y por el crecimiento global.

Mientras tanto, los adalides de la libertad del comercio, Estados Unidos, a través de su presidente, imponen aranceles incluso a sus aliados. Y Trump, de paso, dedica bastante tiempo en desdeñar a todo el mundo. Menos a los ingleses, claro.

Ya estoy esperando la próxima película…

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