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Razones

Sigue llenando este minuto
de razones para respirar;
no me complazcas, no te niegues,
no hables por hablar.

Pablo Milanés

 

Me lo han dicho desde Barcelona. Amigos independentistas con los que estoy en desacuerdo en mucho. No en nuestra amistad, que es sagrada. Su enfoque de la cuestión ilustra lo que para mi quizá sea el ejemplo más palmario de la dificultad que tenemos, que vamos a tener, para encontrar un encaje a esta situación catalana. Porque realmente hay una parte importantísima de Cataluña que no quiere nada de España, más allá de una buena relación con “el Estado” como sujeto de Derecho aparte del catalán. Sí, ya sé que los independentistas han llevado esto a un punto de difícil retorno. Ya sé que hay un montón de gente en Cataluña que piensa que España únicamente envía policías, jueces, fiscales y problemas. Ya sé que, desde el punto de vista de los que quieren la independencia, no es importante la posición de la Unión Europea, que ha explicado por activa y por pasiva que España no es una dictadura, y que no reconocerán a un país que se crea a base de saltarse la ley. Ya sé que no les importa la opinión de todo el mundo mundial: dirigentes europeos, americanos, asiáticos, africanos, disconformes con la realidad que los catalanes que desean la independencia viven como si no existiera ninguna otra. Opuestos al modo en que se han hecho las cosas, alineados con España y con su democracia.

Les da igual.

Les da igual porque, en palabras de los “indepes”, llevan años aguantándonos. Y ahora tienen ganas de lucha en la calle. Los jóvenes, me han dicho, quieren acción. Y tengo la convicción de que es así. Y también estoy seguro de que, en caso de disturbios en las calles, en caso de que las fuerzas del orden público actúen y alguien caiga, las cosas se van a poner muy feas. Y perdonen el exceso, pero también tengo la convicción de que más de uno busca el drama. Da igual que las fuerzas del orden actúen por mandato judicial. Una bala de goma que impacta donde no debe, una caída con golpe desafortunado en un bordillo, un infarto… lo que sea. Al día siguiente la vida del caído saldrá en todos los medios de comunicación, explicando cómo la represión policial española ha truncado la vida de una buena persona que únicamente quería manifestarse pacíficamente. Imaginen si, Dios no lo quiera, hay más de uno.

Llegarán los ROV (Rasgadores Oficiales de Vestiduras), que esperan agazapados hasta que oportunidades como esta surgen, y se erigirán en defensores de la justicia, la libertad, los Derechos Humanos y la gente en general.

Y alguien pondrá en las redes sociales el vídeo de Los Miserables y su épica canción: “do you hear the people sing…?” con imágenes superpuestas, actuales o antiguas, da igual, de policías dando porrazos, mostrando a un pueblo oprimido que en los últimos treinta y nueve años ha votado nada más que treinta y siete veces. Y que tiene más autogobierno que muchos estados federales de cualquier país más desarrollado que nosotros.

No importa que la normativa de escisión catalana haya surgido al margen de la mitad de su parlamento, que su refrendo haya partido de un referéndum que no fue tal, que mucha gente que se manifiesta en la calle lo haga en el convencimiento de que la historia que les han enseñado, tergiversada, incompleta, sectaria e injusta, es la verdadera y punto; que su ley de transitoriedad no respete algo tan democrático como la división de poderes, que realmente exista una vía para canalizar sus ansias independentistas de forma legal, considerando la situación existente y respetándola, y ofreciendo diversos foros de discusión y de toma de decisiones, planteando que las cosas se pueden cambiar, pero que para ello es necesario utilizar las reglas de juego que entre todos nos hemos dado.

Da igual.

Para los “indepes”, el hecho de que la Constitución de 1978 fuese refrendada por más de un 90% de los catalanes, la comunidad donde más apoyo recibió de toda España, hoy no tiene ningún significado, porque según sus propias palabras, eso fue para salir del franquismo, ni mucho menos una patente de corso para el futuro. Para su futuro. Un futuro que no ven junto al resto de los españoles… ni de más de la mitad de los catalanes.

Todo da igual.

Estoy plenamente convencido de que nosotros, los que estamos con la Constitución, y más allá de que dicha Constitución sea negociable, modificable, matizable o cambiable, tenemos razón. La razón de las urnas por los procedimientos legales. Pero también tenemos la legitimidad de los habitantes de una nación, España, que existe. Es algo curioso tener que decir esto, pero a veces da la impresión de que mi país, mi nación, España, no existe, ni nunca ha existido. Pero existe. Existimos desde hace mucho. Y aunque nos hemos equivocado como nación muchas veces, en este asunto tenemos razón.

Pero a veces tener razón no es suficiente.

Porque puede suceder que un día a alguien se le ocurra decir “quédate con tu razón, y dame mi país, que es Cataluña”. O el País Vasco, o lo que sea.

La razón, las razones, las que realmente importan, son las que convencen, y para ello es necesario que, después de lo que quiera que ocurra, que esperemos no sea nada irrevesible, sean esgrimidas para seguir un camino que necesariamente será largo y penoso. Como lo es todo en España.

Un camino que, como dice la canción, tendremos que tratar de cargar de razones para respirar.

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