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REFLEXIONES ANTI-LITERARIAS

La mañana penetró en el dormitorio a través de la ventana en forma de canturreo de pájaros y aromas a tierra húmeda, azahar y sal marina. En el apacible pueblo costero, deliciosamente anclado en los años sesenta, el sándalo, las sandalias y el hachís compartido se compaginan a la perfección con el pescado fresco, la amabilidad de las gentes y las noches de verbena en la plaza que rodea la ermita de San Pedro.

Con el alba, el gallo canta orgulloso para indicar a todos los residentes en Gran Rey que la naturaleza se dispone a regalarnos otro día impagable.

Apenas pasaban de las seis de la mañana con estas reflexiones pasando por mi mente, cuando apareció mi hijo con los ojos enrojecidos. Me miró circunspecto.

–Ese gallo es un puto pandillero –me dijo.

–¿Qué dices, muchacho? –le contesté yo.

–Lo que oyes. Un puto pandillero.

Salí de mi ensoñación y lo miré. Seguramente con un interrogante en mi rostro, ya que, tras meditar unos instantes, me aclaró algo las cosas.

–En general –me indicó–, todos los gallos lo son. Se despiertan a las cinco y media porque son unos cantamañanas. Entonces se preguntan: ¿Cómo? ¿Todo el mundo sobando? De eso nada. Montan un pollo del quince, despiertan a todo Cristo a base de insistir y cuando ya la han armado bien armada se van al gallinero. Comen, beben, cagan, luego dicen ahora vendría bien un polvete. Se pasean por allí, escogen a una y se la tiran. O a dos. O a tres. Cuando el hombre está a gusto, se va a sobarla y nos deja a todos despiertos, las gallinas desplumadas y todo el gallinero cagado. Unos putos pandilleros.

Finalizada la reflexión, se puso los tenis y salió a correr a la avenida marítima. Eran las seis y media de la mañana y yo me quedé allí solo, mirando a la piscina y tratando de evocar el literario impulso con que empecé este texto.

Pero nada.

Me puse los tenis y me mandé a mudar a correr a la avenida.

Putos pandilleros…

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