ricos

Ricos

“Dos linajes solos hay en el mundo, como decía una agüela mía, que son el tener y el no tener.”

Miguel de Cervantes

Vaya por delante que me considero liberal, y que estoy a favor del libre mercado, en el contexto de un Estado social y democrático de Derecho, y que nunca he entendido a los comunistas. Y que opino así porque estoy convencido de que son esas las bases para una sociedad presidida por una bendición que se llama clase media.

Esa clase media en constante evolución, que estudia, que viaja, que consume, que se divierte, que opina libremente y que crea cultura.

También esa clase media que compra un coche cada seis o siete años, un pisito antes de los treinta, lo cambia por uno un poco más grande en los cuarenta y que con cincuenta empieza a saber qué es eso de no deber dinero y de, incluso, tener algo ahorrado.

Una clase media que agoniza.

Y no se trata únicamente de sensaciones, no. Son datos. Que como todos sabemos, son interpretables, pero también tozudos como ellos solos.

Les cuento un cuento:

Verán, cuando terminó la segunda Guerra Mundial, la economía y las finanzas del planeta estaban en una situación caótica. Unos años antes, las potencias mundiales habían renunciado a utilizar al patrón oro como referente monetario, o sea, como base para la “fabricación” del dinero. Se fabricaba el dinero en función de la riqueza que cada país tenía, pero claro, con la guerra los países necesitaban más dinero, y no podían esperar a la acumulación de oro y divisas para imprimir lo que querían. Había que comprar cañones. Cuestión de vida o muerte, por lo visto. Entonces arrancaron la máquina de los billetes. Palante a imprimir dinero como locos. Dinero que ya no tenía un referente, como el oro. Ese dinero, creado sin base ni referencia, tiene un nombre: fiduciario.

Se formó un caos de la hostia: pérdida de confianza entre los países, inflación galopante, problemas de financiación, etc.

Tras la guerra, en verano de 1944, una vez terminaron de enterrar a los 56 millones de muertos del desastre, se reúnen un montón de países en New Hampshire (España no estaba, como era habitual; estaríamos en misa, o en alguna verbena) y acuerdan crear el Banco Mundial y el Fondo Monetario Internacional. Pasaba por allí un fulano de Inglaterra, que entendía un poco de economía, un tal Keynes, que años antes había sentado las bases para, entre otras cosas, sacar a Estados Unidos de la Gran Depresión del 29, y propuso crear una moneda mundial. Una moneda para todos, con criterio planetario: el Bancor.

Pero Estados Unidos dijo que no, que casi mejor ponemos el oro como referente monetario otra vez… pero ahora ligado al dólar.

Y se crea el patrón dólar-oro.

Y el dólar se convierte, de facto, en el nuevo oro. En el nuevo patrón.

La cosa funcionó durante casi treinta años.

Por motivos un tanto complejos de explicar ahora, lo cierto es que en 1971, Nixon abandona unilateralmente el patrón dólar-oro, y comienza a imprimir dinero fiduciario a voluntad. Y a tomar por saco.

Les daba igual. Por aquel entonces el 80% de las transacciones del planeta ya eran en dólares, así que, imprimiendo dinero, literalmente imprimían oro.

Vale.

Pues bien, si durante ese periodo (1944-1971) nos fijamos en cómo evolucionan las estadísticas referidas a los ricos-ricos, esas que tanto nos llaman tanto la atención y que muestra cómo el 1% de los más acaudalados atesoran el loqueseaporciento de toda la riqueza, observamos claramente cómo su proporción disminuye. Reino Unido, 1% más rico pasa a tener del 60% al 22% de la riqueza. Suecia, del 50% al 18%. Media europea, del 50% al 20%. Estados Unidos, del 45% al 35%.  Si analizamos el 10% más rico, se nota aún más. Traducido al cristiano: se reparte la riqueza entre más gente. Además, de forma drástica. Y automática.

Curiosamente, a partir de 1971, año en que se empieza a imprimir dinero fiduciario de nuevo, los ricos-ricos, esos que tienen muchos millones, comienzan a acumular riqueza de forma creciente otra vez. Es decir: una vez perdidas las referencias para la fabricación del dinero, se crea de forma fiduciaria y aquellos que más tienen acumulan proporcionalmente cada vez más: la clase media comienza a resentirse de forma lenta, pero sostenida.

Únale usted a eso el hecho de que, a finales del siglo XX, los bancos centrales (FED, Banco Central Europeo, Banco de Japón, etc.) bajan los intereses sin ton ni son, desincentivando el ahorro y fomentando la generación de deuda.

Si usted suma la acumulación de riqueza por un lado al crecimiento de la deuda por otro, y ya tenemos la crisis de 2007, que es una crisis básicamente de deuda.

Todo el mundo endeudado hasta las cejas.

Y los ricos-ricos acumulando dinero de forma creciente.

Entiéndase como ricos-ricos a esos que tienen ciento de millones. No hablo del señor o señora que monta una empresa, progresa y acaba con cuatro casas y un par de kilos en el banco. No. Ese es, a efectos estadísticos, clase media alta. Hablo de otro tipo de rico. El que muchas veces gana dinero simplemente moviendo dinero, sin crear nada. El que manipula el sistema en beneficio propio. O el que tiene poder para crear estructuras susceptibles de arrasar con todo, y que no encuentran impedimento alguno para hacerlo. Más bien les ponen alfombras rojas.

Al respecto, decir que la masa monetaria creada, es decir, el dinero que se ha impreso, ha crecido de forma desproporcionada. Del 60% del PIB mundial en 1970 al 120% que tenemos hoy. O sea, que mientras la peña no entiende qué ocurre, se crea una enorme masa monetaria que la clase media ni huele, porque acaba en manos de aquellos que están en la cúspide del sistema. Son los nuevos señores feudales. En cierto modo porque, cada día que pasa, desarbolamos un poco más la estructura económica que funcionó desde finales del siglo XIX: la economía industrial/comercial que aún se estudia en las universidades.

Esa economía en franca reestructuración, por la deslocalización, la concentración de empresas con cada vez más capacidad productiva (al loro con la anunciada fusión de los monstruos Kraft y Unilever), y por un tercer motivo: la aparición de una economía digital absolutamente disruptiva, que rompe todos los parámetros a que estamos acostumbrados.

Lo que hay.

Estamos inmersos en una maraña de decisiones supranacionales, e insertos en una evolución tecnológica que han cambiado el terreno de juego. Y las reglas también.

Hemos de abrir los ojos, amigos. Nuestra sociedad ha de reaccionar.

Y ante esto, me vuelven a llegar a la mente las palabras del maestro Serrat:

“No me pidas que no piense

en voz alta por mi bien

ni que me suba a un taburete.

Si quieres, probaré a crecer”

¡Buen día!

3 Comments
  • Helena del Castillo Martín

    febrero 27, 2017 at 8:39 pm Responder

    Muy intetesante todos.los hechos historicos aqui recopilados .En la sociedad en.la que vivimos los ricos. amasando mas riquezas .Y la.clase media intentando sobrevivir con sueldos miseros.
    Ricos si muchos de ellos y pobres de espíritu.

  • María Varanda

    febrero 21, 2017 at 8:25 pm Responder

    Si señor! Gran post!!! Cada día aprendiendo un poquito más!

    • Javier Marrero

      febrero 21, 2017 at 10:54 pm Responder

      Gracias María!!

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