calamar

TINTA DE CALAMAR

La conversación del entonces primer ministro sueco, Olof Palme, con el general de la Revolución de los Claveles fue, más o menos, así:

–¿Cómo va la revolución? –preguntó Olof Palme.

–Bien –contestó el general–. Creemos que en dos años habremos terminado con los ricos.

–Lo contrario que nosotros –replicó Palme–, que lo que intentamos es terminar con los pobres.

A Casado le ha caído la del pulpo por llamar a Pedro Sánchez “partícipe y responsable de un golpe de Estado en Cataluña”. Se le fue la mano. Ello propició que el mensaje del resto de los veinticuatro minutos que estuvo hablando pasase totalmente desapercibido a la opinión pública. Porque nadie escucha a un político hablar veinticuatro minutos, a menos que sea un friki como el que les escribe, que se traga todo lo que dice todo el mundo. Y algunas de las cosas que dijo son tan reales como que la elaboración de los presupuestos es regresiva para España, porque la incoherencia de los cálculos en los ingresos (no se ha tenido en cuenta ni el censo poblacional), la falta de credibilidad internacional, que afecta al coste de la deuda (miren la prima de riesgo subiendo otra vez), más la subida inminente de los puntos de interés en breve, ocasionará que todo ese gasto público, basado en nuevo déficit y en toda esa nueva batería de impuestos que pagaremos todos cuando, por ejemplo, echemos gasoil, no va a llegar a los ciudadanos en forma de inversiones o gasto social, porque se irá a pagar una mayor deuda con un mayor tipo de interés. Es el coste del nuevo déficit que se viene. O sea, que al final todo para nada. O como por ejemplo la desidia ante una oportunidad histórica de resolver definitivamente el asunto de Gibraltar, que combina la tercera renta per cápita del planeta en el peñón con la renta per cápita más baja de la UE, además de las cifras de paro más alarmante. Ni una palabra acerca de la propuesta de crear una zona especial económica en el Campo de Gibraltar. Sánchez, simplemente, no está para eso. O como por ejemplo la petición de coherencia entre lo que supuso la base de la moción de censura, una presunta actuación corrupta del gobierno anterior que propició una alianza contra natura para ahora poner al Estado español, que es de todos, como rehén de aquellos que no creen en el propio Estado español, a cambio de una cuota de poder efímera. Todo ello, obviando las incoherencias de que dos ministros hayan tenido que dimitir y que otros dos estén bajo sospecha de actuación poco diligente en sus responsabilidades, no ya como ministros, sino como ciudadanos que tienen conocimiento de actividades presuntamente ilícitas y que no ponen en conocimiento de la justicia. O como cuando señaló que no hay mucha diferencia entre matar a un periodista y descuartizarlo o tirar a otro por la ventana de un décimo piso, explicando que estaba bien hablar de Arabia Saudí, pero no de Venezuela, porque sus socios lo crujen. O que vote en contra de su propio partido europeo, se oponga al tratado de libre comercio con Canadá y luego vaya allá a sacarse fotos con Trudeau, que eso sí que mola. Sánchez no contestó a nada. Simplemente dijo que si no retiraba esas declaraciones que lo hacían cómplice de un golpe de Estado, no hablaría más con él. Todo lo demás quedó en agua de borrajas.

Seguramente Casado tiene razón en muchas de las cosas que dijo, pero el ímpetu de quien aún no ha cumplido los cuarenta puede desplazar los debates que nos afectan a todos, merced a la tinta de calamar lanzada por parte de sus opositores, que son muchos, bajo la acusación de extremista que trata de eclipsar a un creciente VOX. Y fin de la discusión. Sobreseído el caso sin entrar en el fondo del asunto por defecto de forma. Una pena, porque materia para el debate hay. Sánchez, simplemente, no está a la altura. Sabe que todo es verdad. Pero para él fue suficiente con mostrarse ofendido por una frase desafortunada, que se podía haber expresado de otras mil formas (porque en Cataluña hay acoso a los políticos no independentistas, con la aquiescencia de los poderes públicos), pero que la bisoñez del candidato popular ha propiciado una situación que permite simplemente no entrar en el debate.

Por lo pronto hemos averiguado dos cosas: A Sánchez no le han faltado reflejos. Y a Casado no le hace falta leer ningún papel para hablar.

Pero yo, personalmente, estoy muy preocupado por mi país.

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