LO SUBLIME

Well, we all have a face
that we hide away forever
and we take them out
and show ourselves when everyone has gone.
Some are satin, some are steel
some are silk and some are leather
they’re the faces of a stranger
but we’d love to try them on

The stranger

Billy Joel

A mis amigos Sally Gingerick (hoy Kelsey) y Mike Arp les encantaba esta canción, por la carga de análisis social que contiene. Los convencionalismos y su relación con lo distintos que somos todos, con esas caras del “extraño” que nos probamos cuando nadie nos ve, que diría Alejandro Sanz.

¿Tan distintos, en realidad?

En general no conozco a nadie que disfrute de la pobreza, o de la enfermedad, o de la depresión, o del abuso. A nadie que disfrute pagando más impuestos, o siendo embargado por un banco, o que aprecie las devastadoras consecuencias de una guerra, convencional, comercial, fratricida, civil o militar.

Es posible que no seamos tan distintos. O tal vez es posible que todos nos alineemos por el lado negativo. En lo negativo, somos todos iguales. A nadie le gusta el paro, la deuda, la miseria. Si somos iguales en algo, es en el rechazo a lo negativo, en realidad.

En lo positivo es posible que pienses que los Beatles sean enviados de los dioses o, tal vez, que sean un petardo insoportable. Bach, Giacometti, el F.C. Barcelona, las galletas Oreo y el modo en que tomas el café son ya cuestiones de aplicar gustos. En el lado positivo, somos todos distintos.

O tal vez no del todo. Hay algunas cosas en este lado positivo en el que nos parecemos más de lo que nos gustaría aceptar.

Y es que todos queremos ser reconocidos.

Algunos de un modo explosivo y florido, a través de entrevistas en prensa, inauguraciones de tramos carreteras o aplausos del público. Otros de forma discreta, en forma de espaldarazo a una labor profesional entre otros profesionales, o de ese comentario sosegado en una esquina de la fiesta: “he escuchado tu canción, he visto tu cuadro, he leído tu libro… y se me han puesto los pelos de punta”. La honda emoción que llega es queda, discreta, pero inefable. Y necesaria. Todo el mundo se levanta diariamente a las seis y media de la mañana para conseguir eso. No es fácil lograrlo.

Porque en el reconocimiento perseguido no hay únicamente un componente profesional, sino que juega de forma destacada el comportamiento personal, el modo en que nos desarrollamos entre los demás, el rol que adoptamos en sociedad. Y aquí es donde salen las caras del “extraño”. Líder, intelectual, profesional, crítico, analítico, gracioso, misterioso, reflexivo, mordaz, firme, tal vez flexible, calmo, a veces explosivo, mesurado, en ocasiones atrevido, por qué no arriesgado… Nuestro encaje social es tan crucial en la consecución del reconocimiento que los psicólogos no hacen otra cosa que analizar cómo esto se pueda llevar a efecto del mejor modo posible, realzando las características propias de la persona, sobrellevando las inevitables, superando los escollos.

Muchas veces no nos damos cuenta de que, en esa pugna por pertenecer a algo, por encajar, por distinguirnos de los demás, nos centramos en proyectar, y a veces olvidamos lo importante de la observación. Lo importante de lo que proyectan los demás.

Nos enseñan a influir, a mostrarnos, a arriesgarnos, a salir de nosotros mismos. Y eso, con frecuencia, no nos permite observar que tal vez lo sublime yace a nuestro lado. Sin embargo no lo vemos, porque estamos obsesionados con que el parloteo brote de nosotros de forma continua. La flor más bella surge en cualquier entorno, por agreste que sea, pero también tiene por costumbre protegerse del torrente.

En la vida real, lo sublime se inhibe ante lo incontenible.

Descubre lo sublime. Está ahí, a tu lado. Deja que salga. Y luego incorpóralo a tu vida. Verás como la empapa, con esa serenidad con la que el rocío cubre quedamente esta primaveral mañana.

 

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