RENACIMIENTO

Beyoncé tiene nuevos disco. Se llama Renacimiento, o Renaissance en inglés. Escucho el primer tema, “Break my soul”, y el grito de protesta contra el agotador mercado laboral norteamericano parece contar con una voz en la bella afroamericana, que no se corta un pelo en simular el terrible ambiente de trabajo que determinadas personas sufren en el día a día de su empresa. Aviso a navegantes, cuando el país más poderoso del planeta tiene denuncias de sus cantantes franquicia, es que algo pasa.

Estamos en la era de la libertad, de las redes, de la eliminación de las sedes empresariales, de eso que Zygmunt Bauman denominó hace ya más de veinte años la “sociedad líquida”, que ahora se puede hacer extensivo al mercado laboral líquido.

Malas noticias para los sindicatos, me temo.

Tan líquida como la GIG Economy, que parece haber llegado para quedarse. Una “GIG” puede traducirse como Bolo al español. Siempre se ha entendido como una actuación esporádica de un grupo musical en un establecimiento. Un bar, por ejemplo. “Gotta gig tonite, finally!, o “por fin tengo un bolo esta noche con mi grupo”.

Llevado al ámbito laboral, por ejemplo, te contrato porque eres el/la mejor en determinar…, no sé, el sexo de los peces que nadan por debajo de los tres mil metros, o tal vez eres un/una máquina en la frecuencia de las ondas cerebrales tipo beta que se activan cuando escuchamos una excavadora, yo qué sé. Te encargo un estudio, te pago tanto, y me lo das en dos meses.

Eso es un GIG laboral.

Y esa es la GIG Economy, o economía del bolo, de la actuación especializada, que me permite a mí, empresa, contratar sin acumular personal.

Vamos, el autónomo de toda la vida, pero llamándolo GIG, que mola un huevo.

Mientras, las estructuras caen día a día. En el sector privado, se entiende, porque en el público crecen, financiadas por la pasta que damos al que esté de turno cada año. Y si no les da con ese dinero, piden perras a alguien, que tanto da. Se incrementa la deuda, que total, no la voy a pagar yo…, pensará el responsable político.

La actividad económica se ha vuelto oligofrénica. Esta se debate entre unos beneficios anormales de determinadas empresas oligopólicas, una semi esclavitud de la mayoría de las pymes, o sea, de la mayoría de las empresas, que no tienen sino obligaciones en aumento, la pérdida de calidad de vida consecuente de los empleados del sector privado (que son mayoría, y sin que se estén enterando de nada esos que dicen que son de izquierda, que por cierto, son los que mandan), el incremento de impuestos para pagar la fiesta, el maquillaje de las cifras, por ejemplo, de parados, y la doble vara de medir empleada en la vida pública y la privada (al privado leña, que pa eso gana pasta, al público protección y derechos, que siempre pagan ellos las crisis, dicen… y ya lo siento si no estás de acuerdo).

Por el camino nos estamos olvidando, y perdonen que sea pesado, de nuestra capacidad productiva en esos bienes que no dejan de amargarnos la vida, como por ejemplo, la energía. Ya en los 80, el Gobierno de España tenía una publicidad colgada permanentemente en la revista Time que decía como slogan “Spain: eveything under the sun”. Pues coño, ponte “under the sun” y comienza a fabricar energía, métela en la red, aplica el procedimiento ese de electrólisis, o como se llame, y conviértela en hidrógeno líquido, de ese que se puede meter en bidones para echar de comer a las necesidades energéticas de tolmundo. Que además es eco, es propia, es nueva, genera industria, que puedes exportarlo, que reduce tu dependencia exterior y no sé cuántas cosas más.

Pero me temo que lo que en realidad crece, además de la deuda, es la economía GIG, esa que convertirá en autónomos a media España y dejará a la otra media viviendo en estructuras empresariales insoportables, o tal vez apuntalados por los subsidios que, siendo necesarios, empobrecen de forma generalizada a quien los paga y a quien los recibe.

A este paso, la “sociedad líquida” que definía Bauman hace 20 años, terminará por ser gaseosa.

Si bien, como decía en su día Golpes Bajos, sean malos tiempos para la lírica, tal vez sea el momento de escuchar con calma a Beyonce.

Y a su anunciado Renacimiento.

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