TOTALITARISMO

Has preferido el deshonor antes que la guerra.

Ya tienes el deshonor. Y ahora tendrás la guerra.

(Winston Churchill)

 

Eso fue lo que dijo Churchill al entonces premier británico tras su visita a los nazis para intentar aplacar sus ansias expansivas y totalitarias. Después de eso estalló la segunda Guerra mundial y el resultado fueron unos 56 millones de muertos. Casi nada. Es verdad que el mundo cambió, no necesariamente para mejor, y que sirvió para aplacar al nazismo y al imperialismo japonés de forma definitiva. Parece que ya lo hemos olvidado, pero los fascismos solo traen enfrentamiento y desolación. Y un fascista es, en mi opinión, alguien que además de no respetar la opinión ajena, quiere imponer la suya de cualquier manera. A cualquier coste.

El mundo se volvió loco en los años treinta del siglo anterior, y un siglo más tarde parece que no hemos aprendido nada. No hemos aprendido que a los totalitarios no se les puede aplacar. No obedecen a la menor propuesta de convivencia comunitaria. Quieren imponer su voluntad, y para ello son capaces de manipular a la población, sumiéndola en un estado de ansiedad y desconcierto como el que reina actualmente en tantos lugares.

España no está libre de ello.

Verán, yo pienso que una persona debe ser libre para opinar lo que desee, y no sólo eso. Debe tener la capacidad para organizarse como quiera, reclamar cualquier cosa, la que sea, y la sociedad debe articular mecanismos tendentes a que dichas opiniones sean expresadas públicamente, con la única salvaguarda de los derechos de los demás para hacer lo mismo.

Pero cuando esas ansias, anhelos o deseos van acompañadas de coartadas dirigidas a la ignorancia de las leyes, se están violando las normas mínimas de convivencia que todos nos hemos dado. Porque, en realidad, estas son las normas que permiten los cambios, pues vivimos en un país que ha instalado en su día a día los procedimientos democráticos. Tanto es así, que España se considera uno de los veinte países con democracia plena del planeta, por encima de otros tan homologables con el nuestro como Italia, Estados Unidos, Japón o incluso Bélgica.

Por ello, si somos demócratas, los cambios han de ser avalados por la mayoría de los ciudadanos. Porque la democracia consiste en eso: en llevar a cabo lo que la mayoría de los ciudadanos decide libremente. Los límites para la acción individual son, por tanto, el respeto al espacio jurídico que hemos acordado mayoritariamente.

No es de recibo que se tensione a la sociedad, que bastante tiene con salir adelante en las condiciones actuales, para lograr un fin determinado. Si alguien quiere la independencia, la república, la modificación constitucional, el cambio de nuestro ordenamiento, tiene las herramientas para llevarlo a cabo. Que haga su propuesta y convenza a los demás. Porque es preciso convencer a la mayoría de que lo que se desea es lo mejor, de forma que los demás votemos mayoritariamente de acuerdo con ello.

Y se ha de aceptar que, en caso de no obtener dicha mayoría, dicha propuesta ha sido desestimada.

Minar la moral, maniobrar para incendiar las calles, las redes o el día a día de los ciudadanos no es un procedimiento democrático. Algo que nuestros líderes deberían haber aprendido de la historia, que ha sido tan dura para los europeos.

Hay que salir a trabajar cada día, generar riqueza, empleo, beneficios, impuestos, movimiento económico. Hay que cristalizar las ideas en actuaciones concretas, hay que mejorar muchas cosas y hay que escuchar a mucha gente.

No siempre a los mismos.

Hasta los mismos…

 

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